domingo, 23 de septiembre de 2012

Macario Leal el cautivo


Periódico Siglo Diecinueve, Junio 26 de 1854. 
Ciudad de México.

Sello sexto de oficio.-- Años de mil ochocientos cincuenta y cuatro y mil ochocientos cincuenta y cinco.-- Felipe N. de Alcalde, teniente del escuadrón activo de Lanceros de Lampazos.-- Teniendo orden verbal  del Excelentísimo Señor comandante general del Departamento para recibir una declaración circunstanciada al joven Macario Leal, de cuanto le haya pasado desde que los indios bárbaros lo hicieron cautivo hasta la fecha en que logró escapárseles, y habiendo de nombrar  escribano para que actúe en ella, elijo al sargento 2do de la tercera compañía del regimiento activo de Lanceros de Monterrey, Juan N. Marichalar, quien advertido de la obligación que contrae, acepta, jura y promete guardar sigilo y fidelidad en cuanto actúe.-- Y para que conste lo firmó conmigo en la plaza de Monterrey, a los doce días del mes de Mayo de mil ochocientos cincuenta y cuatro.-- F.N. de alcalde.-- Juan N. Marichalar.

En la plaza de Monterrey, y en la misma fecha, el Sr. Teniente citado hizo comparecer ante sí a Macario Leal, a efecto de recabarle su declaración y ante mí, el presente escribano, le hizo levantar la mano derecha y formar la señal de la cruz, y habiéndole preguntado si juraba por Dios y la señal de la cruz decir verdad en lo que se le interrogara, dijo: “sí, juro”.—Preguntando por su nombre, oficio y vecindad, dijo: que se llamaba Macario Leal, de oficio zapatero, natural de la villa de Laredo, y vecino de ella antes que se lo llevarán los indios.—Preguntando diga, en caso de que se acuerde, en dónde, en qué día, qué mesa y qué año fue cuando se lo llevaron los indios; qué tiempo estuvo entre ellos, y cuanto le haya pasado durante su permanencia, así como lo que haya observado respecto a sus usos y costumbres, y lo que sepa y le conste sobre el modo de hacer sus incursiones a los Departamentos fronterizos, y por último, a los que de ellos hostilizan con más frecuencia y porqué causa.—Dijo: que un año después que invadieron los americanos a la república, no recordando ahora la fecha y el mes, con motivo de acompañar a tres parientes suyos a la siembra de una labor de la pertenencia de Doña Reyes Delgado, (madre del declarante), que está situada en el rancho del Río, uno de sus parientes le mandó a traer una mula que estaba amarrada inmediata a la cerca. Al llegar allí se oyó que reían, pero no vio quienes eran, ni pudo sospechar que fueran los indios, como lo supo después por ellos mismos. Luego que llevó la mula, la ensilló uno de sus parientes y vio entonces a los bárbaros, dando inmediatamente aviso al declarante, y al otro pariente para que se salvaran de la manera que pudieran, haciéndolo él en su mula y escogiendo por el otro pariente a pie.  El declarante quedó sin movimiento del susto que recibió al verlos, y contra un palo; que en el mismo sitio lo hicieron cautivo los indios, haciéndole uno de ellos montar a las ancas de su caballo, mientras los demás se ocupaban en perseguir a sus dos parientes; uno de ellos cayó desgraciadamente en sus manos y fue muerto en el acto, habiéndole quitado la cabellera y obligado al exponente a que lo desnudara. En seguida lo montaron en una caballo melado, amarrándole los pies por debajo de la barriga del animal, la cintura a la cabeza de la silla; y como no llevaba freno y caminaban por entre el monte, los mezquites que frecuentemente encontraban al paso le estropeaban fuertemente, haciéndole el cuerpo hacia atrás, sin que pudiera seguir este movimiento de la cintura abajo, sufriendo entonces agudos dolores.

En la noche dio estampida la caballada que llevaban, asustada con el ruido que formaban las tapaderas de los estribos, y el caballo que conducía al declarante siguió a los demás en su fuga. Esa noche la pasó perdido de los indios; y a la mañana siguiente que lo encontraron le reconvinieron por no haber reparado la caballada, y a pesar de disculparse con estar amarrado, le pegaron de azotes.

Al comenzar la tarde del día siguiente llegaron a una ranchería, y poco antes de que se vieran las tiendas o barracas, se oyeron unos tiros disparados por los que la ocupaban, que fueron contestados en igual número por los indios que llevaban al declarante. Luego que llegaron lo apearon del caballo, lo desnudaron y comenzó a sufrir el tormento que le daban los indios, pegándole de diversos modos, y atormentándole a tal grado, que llegó a creer que lo mataban. La india que lo martirizó más, se llamaba “Arriba del Sol” (Tabepete).

Al día siguiente se levantó toda la ranchería y siguieron para San Antonio de Béjar, siendo en número de cómo cuarenta entre hombres y mujeres. En el camino encontraron unos contrabandistas que supone eran americanos, los que fueron muertos por los indios, destrozando la carga que llevaban de indianas y tabaco, y llevándose las mulas y caballos frisones que aquellos traían.
Al llegar a San Antonio mataron unas reses y le dieron carne (cocida) con tuétano frío, con prevención de que había que comer hasta que sintiera que se le reventaba el vientre: luego que no pudo comer más, le dieron un guaje lleno de agua que le hicieron apurar toda, y en seguida le compusieron un cigarro grueso de tabaco americano, que le obligaron a fumarlo con objeto de que depusiera lo que le habían dado, cuando lo estaba haciendo le amarraron por la cintura un mecate y lo tiraron a un arroyo, donde se hundió tragando mucha agua. Ya casi sin sentido lo sacaron y le comprimían el estómago para que arrojara el agua que había bebido.
En el mismo día pasaron de San Antonio, y fue cuando lo desamarraron. En la noche se detuvieron en el monte, bien distantes de San Antonio, mataron un caballo que asaron para comerle, y le dieron al declarante los riñones crudos, que se resistía a tomar y le hicieron gustar con unos azotes, y ya no tomó agua que le rehusaron en tres días.
Dándole este maltrato siguieron para su ranchería, empleando para llegar como mes y medio. Todas las noches cuando se acostaban a dormir los indios le amarraban las manos por detrás, y de los pies en un mecate que tiraban a  un árbol a levantarle medio cuerpo, de manera que quedaba descansando solo sobre las espaldas. Luego que llegaron a la ranchería que estaba a orillas del Río Gila, los recibieron con mucho contento, manifestándoselo al declarante con azotes que le aplicaban.

En la noche le dieron un baile, que formaron alrededor de una lumbrada, allí le hicieron bailar la cabellera de su hermano, que uno de los indios recogió cuando lo mataron. El destino que le dieron en esa ranchería fue de cuidar la manada, y como no podía desempeñarlo por ser mucha, le castigaban fuertemente. Así aprendió el idioma de ellos en un año. Luego que lo supo, lo sacaron para la campaña con los americanos en el Río Colorado. El indio que lo llevó se llamaba “Bajo el Sol”, y era el capitán de ellos. Cuando estaban peleando le dijo al declarante que le fuera a traer un gandul de las mechas, o lo mataba. Éste por no recibir una muerte cierta, se aventuraba a ser muerto por los americanos, acercándoseles demasiado, disparándoles jaras y recibiendo varios riflazos en el chimal, y uno en una pierna. Volvió al lado del capitán y fue reconvenido porque no había cumplido con lo que se le previno, éste le contestó que porque les temía, y el capitán le dijo muchas maldiciones y razones malas, y le mandó que le pintara un caballo tordillo de colorado, azul, amarillo, verde y otros colores que llevaban, y que le pusiera anteojos bermellón y una garantía colorada en el pescuezo y otra en la cola. En seguida le dijo el indio: “ahora verás lo que es ser hombre, y hombre de los escogidos”, entró a pelear con su lanza  y después echó pié a tierra mandándole a éste que retirara el caballo. Recibió el indio veinte y tantos balazos y volvió con un americano de los cabellos que le presentó al declarante para que luchara con él. Éste por ser demasiado pequeño no pudo ni moverlo, y cuando intentó hacerlo le dio el americano un espuelazo por lo que lo tiró el indio y lo mató. Llamó después a los demás bárbaros que estaban vistiéndose de guerra y acabaron con los americanos llevándose lo que les pertenecía.

En siete años que estuvo el declarante con los indios, recibió siete balazos, y el último año lo sacaron a la campaña con la gente de aquí.

En el camino del Gallo encontraron unos arrieros a los que dieron muerte, reservándole al declarante uno que no quiso matar, por lo que lo apalearon. Entonces fue cuando formó resolución de escapárseles, y lo consiguió en la noche desviándose un poco de los indios con pretexto de satisfacer una necesidad, y llevándose un burro que tuvo que dejarle después a otro indio, escondiéndose a corta distancia del Gallo en unos matorrales, mientras los indios continuaban su marcha. Al día siguiente se presentó al Sr. juez de aquella hacienda, quien le mando fuera por sus armas que había dejado donde pasó la noche. Cerca de este lugar estaban unos hombres que le impedían el paso, pero éste por cumplir con la orden que se le había dado, siguió a tomar su arco, luego que se armó de él, corrieron los hombres anunciando a los indios con dirección a la casa de la hacienda, pero el exponente los llamó para que le ayudarán a llevar sus cosas, diciéndoles que era cautivo. Efectivamente le ayudaron, pero nada de lo que tomaron a su cuidado lo devolvieron, incluso una bolsa con pesos de oro, dio aviso de esto al señor juez de aquella hacienda, y lo único que pudo conseguir fue su arco y cuatro jaras.
De allí lo mandaron para Durango, y en seguida a esta capital por disposición del Excelentísimo Señor Gobernador y Comandante General de este Departamento.
En el tiempo que el declarante estuvo con los indios, pudo observar que creen en un Dios que lo consideran en la altura y le piden siempre el buen éxito de sus empresas, pero no le tienen edificado ningún templo ni oraciones religiosas determinadas, solamente a la hora de la comida es una misma, partiendo un pedazo de carne lo reservan para su Dios, ofreciéndoselo, y de ese pedazo no hacen otro uso sino que lo entierran. No creen que haya otra vida más que la presente, ni esperan jamás premio o castigo de sus acciones. Hay algunos indios que adoran al sol, la luna o las estrellas.

El chimal entre ellos es un arma defensiva a la que tributan mucha veneración, teniéndole cuando no combaten perfectamente cubierto, y con más empeño en tiempo de lluvias para preservarlo del agua. Lo forman de cuero de cíbolo, restirándolo perfectamente, rociándolo en esa disposición con agua hirviendo. Lo forran de gamuza, y esta operación la celebran con un mitote. Su forma es circular, de tres cuartas de diámetro. Por la parte posterior le ponen una faja o aro para meter el brazo y resguardarse de los tiros que les disparan. Jamás fuman delante de este escudo, ni pasan agua o carne junto de él, teniendo el mayor cuidado en cumplir con esta obligación que consideran religiosa. Para dormir colocan el chimal en un palo alto, y lejos de él forman su cama, poniendo la cabecera por el lado donde está suspendido. Cada indio le coloca al suyo una cabeza de animal pintada con almagre. Hay otros que le ponen la cabeza natural disecada, y creen que el animal que ellos han elegido es el que tiene la virtud de preservarles de los tiros que reciben de él.

No tienen leyes civiles que les arreglen su modo de vivir, se rigen tan solo por las naturales, y jamás le asiste a ninguno el derecho del más fuerte, por respetar entre sí sus propiedades y ser muy religiosos en sus pagos, sin intención jamás de hacer mal a sus compañeros. Solo una clase de castigo tienen admitido para el indio que pretende turbar la tranquilidad doméstica de otro pretendiendo su mujer. El marido, si los encuentra en el acto de adulterio, le recoge al otro indio su caballo y bienes sin que se resista por ningún caso a entregarlos. La mujer que abandona al marido para prostituirse tiene la pena de perder la nariz cuando el interesado la encuentra.Sus casamientos los arreglan por medio de un regalo que siempre consiste en el mejor caballo que tiene el pretendiente, lo dirige al jefe de la familia con quiere emparentar, y si es de su aprobación, lo recibe y queda el solicitante unido en matrimonio con todas las hijas del que recibió el regalo.

La campaña la hacen en todos tiempos, prefiriendo el verano por la facilidad para engordar sus caballos. Para salir a ella convidan con música de tambor y baile alrededor de una piel golpeándola con palitos. Este mitote comienza por la casa del capitán y se va aumentando desde allí el número de combatientes. Reunidos ya toman consejo de un indio anciano, a quien por su edad lo consideran de experiencia y con suficiente juicio para asegurarles el éxito de su empresa. Este indio lo llaman Tekuguiét, y es quien les señala el camino que deben tomar y el modo de preservarse de los males que prevé les puedan sobrevenir. Concluida esta ceremonia emprenden su marcha, siendo ese día verdaderamente aparente porque pasan la noche a orillas de la población, al amanecer continúan el viaje caminando todo el día, siendo así su marcha diaria hasta llegar al punto que quieren hostilizar, aprovechando en el tránsito toda oportunidad que se les presenta para ejercer su barbarie.

Los ancianos entre ellos son de gran utilidad, porque por su edad duermen poco, y les sirven de noche para vigilar mientras los demás se entregan al sueño. Dicen que nos hacen la guerra porque no queremos celebrar las paces con ellos, y que o han de destruirnos o a de acabar su raza.- La caballada y cautivos que llevan pasan por la Laguna de Jaco y van a venderlos a San Carlos, llevándose el resto para el Presidio del Norte, Acuyamé, Chihuahua y Nuevo México.

Los indios con quienes estuvo el declarante temen acometer a este Departamento, porque se les persigue con más empeño y causándoles más prejuicio que en Durango y los puntos fronterizos de Occidente, por lo que prefieren hacer sus incursiones por aquellos rumbos. Sus armas más usuales son flecha y lanza, y algunos usan rifle. Los arcos los forman de palo de mora o uña de gato, prefiriendo el primero. Lo preparan untándole sebo, y lo ponen al sol. La cuerda la forman de venado o res, y solo tiemplan el arco cuando tienen necesidad de usarlo.

Las lanzas (chuzos), se forman de un verduguillo perfectamente aguzado, de dos filos y tres cuartas de largo. Lo aseguran en un palo fuerte, y para impedir que se raje, les ponen comúnmente una faja o casquillo de plata para asegurar la parte donde su une la moharra con el asta. Se proveen de esta clase de armas y de rifles en San Carlos, Nuevo México y en el Río Colorado, pagándolas con moneda o con las pieles que benefician de su cacería. Los trajes de los hombres constan de una camiseta de indiana en forma de cotona cosida con nervios. Mitazas, especie de chibarras formadas solo para cubrir las piernas, las ajustan a la cintura con una correa y en los costados tienen una aleta que aumenta el ancho progresivamente desde la parte alta hasta los pies. En las orillas de esas aletas llevan unas correas largas que arrastran en el suelo con objeto de borrar la huella que dejan cuando caminan a pie. Algunos usan a los extremos de esas correas punteras de plata que al chocarse unas con otras producen un ruido que les es agradable. El taparrabo (chánica) lo forman un lienzo colorado de paño, siendo este color el que más prefieren y el usado entre los indios de más proporciones. El calzado de los de esta clase es como un zapato común de mujer, de pala alta, y cubren esta parte con chaquira formando diversos dibujos. En la cabeza usan unas hebillas de plata con las que sujetan las trenzas del pelo, y en tiempo de guerra llevan también un aro cubierto de paño adornado con plumas en su derredor (nekunica), formado de una gamuza cuadrada con una abertura en el centro, por donde pasan la cabeza, y adornadas las orillas con chaquira y correas con punteras de plata. Enaguas de gamuza hasta la rodilla, adornadas alrededor lo mismo que el nekunica. Su calzado es de forma de bota sin tacón, las llevan hasta cerca de la rodilla y con dibujos formados con abalorio y plata. Nada usan en la cabeza, y es una distinción entre ellos el dejarse crecer el pelo.

Cuando se muere algún indio, toda la ranchería se pone de luto, manifestando su pesar. Los hombres con cortarse el pelo y las mujeres con raparse el casco y haciéndose sajaduras en los carrillos, pechos, manos, piernas y plantas de los pies. A los indios que les sirven de criados, les cortan las orejas y a sus caballos la crin. Durante veinte días no usan los indios plata ni adorno alguno, y las mujeres traen descubierto de la cintura para arriba y los pies sin napa, teguas o calzado.

 Los juegos son carreras de caballo, pelota y tórpetit. La pelota la juegan con unos palos curvos (que hacen veces de chacual o raqueta), y una superficie plana y las otras convexa. Las mujeres juegan con los pies. El tórpetit consta de ocho palitos semi-cilíndricos, de un geme de largo. En la superficie plana le abren un canal al centro que pintan de colorado, y a las orillas unos puntos negros. Se sirven de ellos como en el juego de dados, tirándolos y contando el número de puntos que reúnen todos los palos que caen con la superficie acanalada hacia arriba.

Que no tiene más que decir, que lo dicho es la verdad a cargo del juramento que tiene prestado. En lo que se afirmó y ratificó leída que le fue esta su declaración, expresando ser de veinte años de edad y firmando con el Sr. Juez fiscal y presente escribano.—Felipe N. de Alcalde.—Macario Leal.—Doy fe.—Juan N. Marichalar.

Fuente: Hemeroteca Nacional 





7 comentarios:

  1. Muy interesante entrada. Me pregunto por qué los indios no matarían a Macario Leal como hicieron con los demás que aparecen en su narración. Quizá fue porque debió ser un muchacho, quien sabe, como dicen por aquí: "no estaba pa él". Quizá por ese mismo motivo, el ser un muchacho, pudo aprender la lengua de los indios y dejar semejante testimonio. ¿de qué nación serían? de la narración, que aporta muy interesantes datos, se desprenden también muchas preguntas y dudas.
    Me encantó la entrada, la guardo entre mis fichas y voy a poner un enlace a esta entrada a la mía sobre los borrados de Nuevo León, claro si me lo permites, Gracias y que tengas un buen lunes.

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    1. Jorge:
      Gracias por tus comentarios y por agregar la liga.

      Creo que casi todos los cautivos eran muchachos o muchachas. Generalmente a los niños muy pequeños los eliminaban igual que a los mayores. Conozco el testimonio de una mujer joven, que narra como a su bebe lo azotaron contra las piedras hasta matarlo, para que no siguiera llorando. Fue una guerra de baja intensidad muy larga pero muy cruenta, y los mexicanos que estaban con pobre armamento y con las guardias presidiales muy descuidadas después de la independencia, eran presa fácil de sus correrías, a diferencia de los americanos que podían defenderse con mejor suerte. Otro factor fue, que se les empezaron a unir muchos "desperados", como les dicen en USA, y aquello se convirtió en pillaje abierto. Cualquier similitud con el terror que viven ahora esas zonas fronterizas, es pura casualidad....¿no crees?
      Te mando un saludo.

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  2. Apreciable Juan Crouset que narrativa tan ilustrativa y muy dramatica, la vida de nuestros ancestros, muy descripativa,
    tengo una pregunta? sabes si este JUAN N MARICHALAR fue el mismo al que se le puso a la ahora calle de Carlos Salazar y que en los mapas de antes de 1905 se llama de Juan Marichalar, y que es un HEROE DE LA BATALLA DE MONTERREY DE 1846,

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    1. Pablo, gracias por tu comentario.
      No tengo la certeza de que sea el mismo de la calle, pero me parece razonable suponer que se trata de Juan Nepomuceno Marichalar, quien según su árbol genealógico nació en mayo 15 de 1830, por lo que debió de haber sido muy joven, tanto durante la batalla de Monterrey (16 años), como al firmar este documento como sargento segundo (24 años). Aparece en muchos documentos del siglo XIX, por lo que resulta una buena posibilidad que haya sido homenajeado con el nombre de una calle.
      Te mando un saludo.

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  3. ¡Genial! Caballo melado y caballo frisón, sabe alguien la distinción?

    ¿Apaches, comanches, u otros? ¿Desde Tejas hasta California?

    ¿Alguien sabe?

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    1. (N) MELADO. Aplícase al caballo que tiene el pelo de color de la miel. Los italianos, que son muy observadores de la naturaleza, no tienen por bueno al caballo de este pelo, y así dicen: il melato, quasi mai atto a servir l'uomo; esto es, el caballo melado, casi inútil para el servicio del hombre.

      (N) AFRISONADO. Aplícase al caballo que tiene mucho cuerpo, la cabeza chica y el anca derribada, por tener todos los caballos frisones esta monstruosa formación.

      Fuente: ENCICLOPEDIA METODICA
      ARTES ACADEMICOS.
      EL ARTE DE LA EQUITACION
      POR DON BALTAZAR DE IRURZUN
      En Madrid
      año de MDCCXCI (1791)

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    2. Lo más probable es que fueran miembros de alguna de las parcialidades de Apaches o Comanches que asolaban estas regiones del Noreste de México.
      Saludos.

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