viernes, 4 de noviembre de 2011

El gallo del polvorín

La historia que transcribo me llamó la atención, tanto por la dosis de ingenuidad de su narrativa, que en detrimento de la memoria de la víctima termina ensalzando a un gallo como personaje principal del percance, como por el impacto que debió de tener el evento en el Monterrey provinciano de principios del siglo XX.

La explosión del polvorín

A las once y diez minutos del día 18 de septiembre de 1908, la ciudad de Monterrey sufrió una sacudida trepidante que se reflejó en un considerable espacio de terreno, afectando principalmente la zona comercial más antigua y notable; pues la mayoría de las casas mercantiles de las calles de Hidalgo, Morelos, Padre Mier, Zaragoza y hasta el Palacio de Gobierno del Estado, registraron multitud de quebraduras en las vidrieras de sus escaparates y ventanas.

Sincronizada con la sacudida, se escuchó una horrenda detonación como apenas pudieron hacerlo mil cañones de grueso calibre disparando al mismo tiempo, y en seguida de todo eso, una inmensa cantidad de tierra pulverizada y piedras chicas y grandes empezaron a caer invadiendo calles, plazas y azoteas, con la consiguiente alarma y el tremendo susto de las gentes; no sin que dejaran de resultar muchos descalabrados.

La cosa no era para menos. Un polvorín de propiedad de la Casa Sanford y Cía., situado al sur de la ciudad, cerca del predio que ocupa la “Ladrillera Monterrey”, al poniente de ésta, y que por aquél entonces estaba despoblado, había hecho explosión teniendo una gran cantidad de dinamita, cantidad que según rumores no confirmados, ascendía a sesenta toneladas.

Casa Sanford, oficinas de la empresa en la calle de Padre Mier
Sea lo que fuere, al investigarse el caso, se vino a probar que en el lugar donde estaba el polvorín había quedado un grandísimo boquete en la tierra; que el carrero José García, su carro y su mula desaparecieron sin dejar más rastro que unos pequeños trozos del rabo y de las orejas del animal, y que una casita situada como a ciento cincuenta metros distante del polvorín, en la que vivían el guardián y su esposa, quedó barrida; por fortuna, sin daño personal para sus moradores porque en los momentos de la explosión no estaban ahí.

La causa exacta del siniestro pertenece al misterio, pero se infiere que el carrero José García, encargado del movimiento de los explosivos; ya se porque cometiera la imprudencia de fumar en lugar tan peligroso, porque se le cayera alguna caja con fulminantes o porque chocara una con otra, provocó la catástrofe, pagando con su vida cualquiera imprevisión que hubiere tenido.

A pesar de lo espantoso del caso, hubo un incidente chusco que se apoderó de la curiosidad popular por lo raro y extraño, rayano en lo increíble, tanto, que bien merece figurar entre las más absurdas cosas que difunde Ripley, y aún las aventaja.

Ello fue, que un gallo perteneciente al guardián del polvorín y que con sus gallinas andaba en la zona de la explosión, fuera el único ser que quedara con vida después de haber estado en el centro del siniestro, sólo que el pobre animalito quedó sin una sola pluma en su maltrecho cuerpo. De sus compañeras las gallinas nada quedó, y era de ver la chusca figura que presentaba aquel pobre animalito en cueros vivos; aseguran algunas personas que vieron al gallo de referencia, cantando como si tal cosa.

Es de aceptar como cierta esta versión, pues el ovíparo ese, pasó a ocupar el puesto en la inmortalidad, con el remoquete de “El Gallo del Polvorín”, pues recibió los honores de que le compusieran y cantaran “corridos” y hasta se asegura que la gaya, docta y filosófica pluma de nuestro gran pensador Lic. Don Alfonso Reyes le dedicara un folleto alusivo perpetuando su recuerdo, sin perjuicio de que el pobrecito gallo haya corrido la triste suerte de terminar sus días en alguna vulgar cazuela, después de recorrer gloriosa  triunfalmente tan espantable sucesos, como fue la explosión del polvorín, aquí someramente relatada.



Fuente: Álbum de aniversario de la fundación de Monterrey, N.L.
1596-1496.

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