martes, 24 de noviembre de 2009

Un lance de Vidaurri en la guerra contra los indios, ocurrido en la Sierra de Pájaros Azules en el año de 1850



AGENL, Indios, caja número 5,

Lampazos, 16 de octubre de 1850
De Santiago Vidaurri
Al Gobernador de Nuevo León.

Ayer ya de día derroté completamente en el fondo del potrero de Pájaros Azules la fuerza de indios de que hablé a V.E. en mi parte del 14 del actual, cuyo número no bajaría de setenta gandules, según se calculó por los tres campos en que estaban situados, por las camas en que aún dormían y por otras señales evidentes, como lo es el haber cenado un caballo y concluido con la carne de res que introdujeron dos días antes.

Si me hubiese sido dable descender aquella elevada y fragosa montaña ocho o diez minutos antes, cuando podía contar con los últimos crepúsculos de la aurora, todos habrían quedado muertos en el terreno que ocupaban, sin poder salvarse como lo lograron por los únicos conductos que les quedaban, de lo que se convencería V.E. si tuviera a la vista un mapa de dicha posición. Cuando marchaba con mis guerrillas en busca del enemigo salían dos de su campo con dirección a su caballada, que ya quedaba a mi retaguardia, y descubriéndome a una distancia muy inmediata, alarmaron a los suyos, por cuya fatal circunstancia tuve la necesidad de arrojarme ciego sobre los bárbaros, pues no podía saber su número en aquellos momentos críticos ni que puntos les eran ventajosos. Al empuje de mi tropa huyeron los del primer campo para los otros, dejando abandonadas sus armas varios indios y puestos en movimiento todos, pretendieron en vano resistirme, porque envueltos por el fuego de las guerrillas, que volando se posesionaron de los dos filos de la sierra que declinaba hasta la orilla del arroyo, y atacados por el centro, no les quedó otro recurso que dispersarse por donde pudieron, que fue la parte de la entrada del interior del estado que les quedaba libre. Dueño así del campo enemigo, desprendí pequeñas partidas en alcance de los fugitivos con las precauciones necesarias, porque era muy posible que hubiera acampados más indios por el arroyo hacia abajo, y a pesar de la asombrosa velocidad con que los dispersos treparon al cerro en varias direcciones, de once que tomaron la más impracticable, cuatro solamente lograron llegar a la cumbre y los demás quedaron muertos y heridos, incluso una india pasada de un muslo. Para que V.E. pueda formarse alguna idea de los extraordinarios esfuerzos que produjeron este pequeño resultado, debo informarle que las laderas, pendientes y riscos, donde tuvo lugar la persecución, están casi a plomo y son innumerables, de suerte que solo los rifles pudieron dañar a los indios, alcanzándolos a una distancia enorme y haciéndolos descender muertos de un precipicio a otro, por lo que fue imposible de toda imposibilidad traerlos al campo para dejarlos colgados en los árboles de su abrigadero, por ser esto muy conducente a infundirles terror y hacerles aborrecibles los lugares que habitan. Por tales inconvenientes se pudo a duras penas quitar la cabellera de uno y conducir la india al campo.

De esta manera se malogró un trance de tanta importancia, que se había preparado con esfuerzos no comunes, y de que hago mención porque siempre es poco cuanto se hace en servicio de la patria. De todo lo expuesto se dignará V.E. inferir cual seria mi despecho al ver escapar de la garra de mi fuerza una reunión de indios tan considerable, tan solo porque no pude disponer de unos cuantos momentos, y después de haber logrado penetrar con ciento siete hombres pie a tierra a un punto como es Pájaros Azules. Había consentido con sobrado fundamento en que se iba a dar una prueba de hecho de que V.E. no se ha equivocado al lanzar sobre los salvajes la clase de hombres que me acompañaron, y esto explica suficientemente el sinsabor que me domina por no haber consumado la idea que concebí al partir sobre el potrero indicado.

Con todo, se hizo lo que se pudo en los términos dichos y sin perder un solo hombre, a pesar de la resistencia que hizo un indio, de que resultó un herido de flecha, pero no de peligro.

La lista que tengo el honor de acompañar a V.E. comprende el botín quitado al enemigo, que es cuanto tenía en su campo, pues apenas pudo sacar sus armas, y aunque la caballada y demás cosas que lo forman no guarda proporción con su número, esto consiste en que muchos indios estaban a pie a tierra, lo que hace entender que habrían causado muchos males para proveerse, pudiendo asegurar a V.E., que el escarmiento que se les ha dado los alejará a lo menos de estos terrenos.

Cuando pueda hablar verbalmente con V.E., que será pronto Dios mediante, tendré el honor de informarle de todas las particularidades de esta jornada y de muchas cosas importantes relativas a la defensa de los pueblos. Bástame por ahora significar que los trescientos cincuenta hombres de esta expedición y principalmente los del ataque de Pájaros Azules, que casi todos son de esta villa, se han comportado en todo como nuevoleoneses.

Inventario del pillaje quitado ayer a los indios bárbaros en Pájaros Azules.
• 3 fusiles
• 6 carcajes
• 5 chimales
• 2 lanzas
• 36 mulas
• 17 caballos
• 30 sillas
• 35 frenos
• 7 frascos
• 12 mitasas
• 25 reatas
• 9 belduques
• 11 hebillas de plata
• 12 garras de sudaderos
• 29 frazadas nuevas y viejas
• 6 mitas de cordobán
• 26 piezas gamusa en maletas, mitasas y cotones
• 3 rebozos negros
• 1 barrilito
• 1 espada
• 33 cordobanes
• 16 piezas de vaqueta
• 33 piezas ropa de todas clases
• 12 costales roperos
• 4 morrales, y de éstos, dos llenos de cosas minuciosas
• 1 cotona de gamuza
• 3 pares de espuelas
• 1 botella
• 1 galápago
• 1 cazo
• 1 cartuchera
• 1 camisa de brin para carro
• 3 sombreros forrados de hule
• 2. idem sin hule

Lampazos, octubre 16 de 1850.
Santiago Vidaurri.

Nota:
De las bestias expresada sacaron once los espías cinco días antes, por haber encontrado un solo indio que huyó.
Vidaurri


.

No hay comentarios:

Publicar un comentario