miércoles, 30 de septiembre de 2009

Castro, el bandolero de Nuevo León y Tamaulipas. Parte 1

El relato es un extracto del libro "A Texas Pioneer" (1910), las memorias de August Santleben. Éste último fue propietario de una línea de diligencias, que dio servicios de transporte y carga entre Monterrey y San Antonio entre los años de 1867 a 1877.

Primera Parte:

"...En la única ocasión en que tuve contacto con ladrones en México, fue en 1868, en uno de mis viajes de regreso de Monterrey. Sucedió a raíz de un favor que hice a un hombre que encontré a pie en territorio despoblado, invitándolo a tomar asiento en nuestra diligencia. Los únicos pasajeros que me acompañaban en el coche en aquella ocasión: eran el Dr. Félix de Monterrey, y Antonio Rivas de San Antonio, suegro del Dr.Chapa el farmacólogo, así como nuestro guardia habitual y el conductor. Conforme amanecía, transitábamos al pie de la meseta conocida como Mesa de Vidaurri, aproximadamente a veinte millas al noreste de Lampazos que también es conocida como Mesa de los Cartujanos.

El territorio alrededor de esta zona está constituido por una región estéril y me resultó sorprendente cuando Alex Gross, mi conductor desde Lampazos hasta Santa Mónica, llamó mi atención hacia la solitaria figura de un hombre de a pie, a poca distancia delante de nosotros. La presencia de un ser humano, solo en estos parajes, resulta inusual y es por demás extraordinario encontrar a alguien en cualquier época y en tales condiciones. Suponiendo que aquel hombre pudiera encontrarse en apuros, detuve la diligencia y lo conminé a que hablara sobre su situación. 

Era un mexicano correctamente vestido, de aspecto viril, lo que me hizo quedar favorablemente impresionado con su apariencia en general. Lo cuestioné sobre las posibles desgracias que pudiera estar enfrentando y le ofrecí mis servicios.



Pareció complacido con el interés que le manifestaba y de manera muy amable me informó que se encontraba en ese lugar a causa de que su caballo se le había soltado y había escapado del lugar. Agregó también que sus hombres estaban en persecución de éste en el camino que conducía hacia el Río Grande. Le cuestioné si sus hombres regresarían hasta este sitio por el camino que habían marchado, a lo que él me contestó: "...sí, porque resulta imposible viajar por otro camino..". Esto dicho a razón de que nuestra ruta conducía en esa dirección y resultaba seguro el encuentro con su gente.
Finalmente aceptó mi invitación con aparente satisfacción, y junto con él y sus pertenencias, incluidas las de sus seis hombres, fueron éstas subidas a la diligencia para reemprender nuestra jornada.

Iniciamos entonces una amena conversación con nuestro nuevo pasajero, a la que él respondió con equivalente amabilidad y corrección, sin embargo nunca me dio oportunidad de cuestionarlo sobre su persona. Todos hablamos libremente con él, sin embargo fue de escasas respuestas, resultando evidente que poco conocía sobre la situación imperante en todo el país o en Lampazos y los pueblos aledaños a la frontera. Su reticencia en lo que se refería a sí mismo nos resultó evidente, sin que esto evitara que nuestra conversación resultara agradable mientras viajábamos placenteramente cerca de dieciocho millas, antes de que viéramos a los hombres que buscaban a su caballo a la distancia.

El carruaje se detuvo y saqué mi catalejo, que tras ser ajustado al enfoque apropiado, pasé a mi compañero de viaje, este desconocía como utilizarlo, pero tras mostrarle como hacerlo, le fue posible identificar a sus hombres y al caballo que ellos seguían. El hecho de que hubieran capturado a su caballo, le resultó altamente gratificante de tal forma que cuando los hombres nos encontraron, suplicó a nuestro conductor que detuviera el carruaje. Después bajó y caminó hacia sus hombres hablando con ellos, pero nos resultó imposible comprender de que hablaban. Resultó evidente que les había hablado sobre las amabilidades recibidas de nuestra parte, pues avanzaron hacia nosotros y nos refrendaron el agradecimiento por todo aquello que habíamos hecho. Dicho esto recibieron sus pertenencias y tras decirnos mutuamente adiós, permanecieron en el sitio mientras retomábamos nuestro viaje.


Después de algunos minutos de ir por el camino, Alex Groos volteó hacia mi y me dijo, "...jefe, hay algo de este individuo que no está del todo bien...", no tuve más remedio que coincidir con él, considerando que yo mismo mantenía esa impresión después de haber tenido tiempo de calibrar a nuestro nuevo amigo durante las pocas horas que nos brindó su compañía. Pero el Dr. Félix y Rivas difería de nosotros y suponía que el hombre no era nada más que un próspero ranchero.

En mi viaje de regreso a Monterrey, fui informado por Santiago Tomas de Santa Mónica, que inesperadamente había entablado yo, una cálida y espontánea amistad con Castro, el famoso bandolero y asaltante. Me dijo que Castro había relatado las particularidades de cómo habíamos hecho amistad, y mantenía que no podía sentirse suficientemente agradecido hacia mi persona, estando dispuesto a brindarme sus servicios de cualquier manera en que le fuera posible hacerlo. Desde luego yo conocía de la existencia de Castro para aquel entonces, y estaba familiarizado con sus orígenes y correrías, pero jamás había sospechado hasta entonces que fuera todo un caballero. Con el paso del tiempo el incidente de nuestro encuentro, empezó a tener difusión, esto porque Castro no perdía oportunidad para relatar la aventura, recalcando la gratitud que sentía por la asistencia que yo le había dispensado en medio de un territorio tan salvaje.



Evidentemente era sincero, aunque creo que magnificaba mis servicios. Algunos de mis amigos, por el contrario, mantenían una creencia opuesta, y consideraban que la presencia de Castro en el lugar que lo encontré, había sido planeada con vistas a obtener información, para más tarde tendernos una celada, pero la forma en que se condujo cuando lo volví a encontrar cuatro meses más tarde, fueron prueba para mi que mantenían una opinión injusta sobre su persona.

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